La historia de Antonio Arrebola está marcada por el olor a aceite y masa recién hecha. Su madre y su abuela fueron las primeras maestras en el arte del tejeringo, un churro artesanal que se distingue por su corta vida útil (pocos saben que su masa tiene 15 minutos de vida) y su textura crujiente por fuera y “alveolada” por dentro. “Mi madre sigue haciéndolos a mano con más de 70 años. Ella me enseñó a saber cuándo el agua estaba lista solo con mirarla”, recuerda Arrebola.

Cuando tenía quince años cambió los libros por las bandejas: estudiar nunca fue lo suyo, pero el mundo de la hostelería le reservó una mesa. Entre comanda y comanda soñaba despierto con tener algún día su propio local, inspirado en Starbucks o Dunkin Donuts, sus grandes referentes. Tras un fallido primer intento, en 1999 abrió “El Artesano” en Churriana. Empezó con cuatro mesas y una barra, trabajando solo y apostando por un producto, el tejeringo, que muchos daban por desaparecido. Poco a poco, el local creció hasta alcanzar 180 metros cuadrados y una facturación sólida.

En 2011, Arrebola decidió que no bastaba con vender churros: había que crear una experiencia. En contra de las voces más cercanas invirtió 100.000 euros (mucho más de lo que tenía pensado) en una profunda reforma de “El Artesano” con un diseño moderno, show cooking y grandes cristaleras. La jugada, arriesgada, se tradujo en un incremento del 35% en las ventas.
“Hasta entonces todas las churrerías eran sitios grasientos. Nosotros rompimos esa imagen y creamos un concepto nuevo”, explica.
Ese fue el germen de Tejeringos Coffee, que nació oficialmente en 2013 con la apertura de un local en Méndez Núñez, en pleno centro de Málaga. Al principio los números no salían. Y lejos de quedarse en la oficina, se remangó y se puso al frente de la freidora. “Tuve que volver a hacer churros como al principio. Solo así logramos remontar y ver colas en la calle”, recuerda.

De negocio a marca
El salto de negocio familiar a marca fue un aprendizaje duro. “No es lo mismo tener un local que tener una marca. Al principio pensé que bastaba con replicar lo que funcionaba, y me equivoqué”, reconoce.
La alianza con la consultora Geomedia fue un punto de inflexión. Juntos crearon una central de compras que permitió optimizar procesos, controlar la calidad del producto y ofrecer mejores precios a los franquiciados. Con esa base, Tejeringos Coffee comenzó a expandirse a través de cafeterías propias y franquicias.
«Estamos invirtiendo en mecanizar para que el producto sea siempre igual y el aprendizaje para los empleados sea más fácil. Solo así podremos expandirnos sin perder calidad»
Cada local está diseñado con conciencia: una bancada cómoda para conversar, una zona central dinámica para sentar a cuatro, seis o doce; y una cristalera con vistas a la calle. “Queremos que cada cliente encuentre su sitio ideal. No somos solo un lugar para comprar churros, somos un espacio para compartir”, resume Arrebola.

Hoy, Tejeringos Coffee, con 18 cafeterías en toda la provincia, apuesta por el I+D con un objetivo claro: crecer fuera de Málaga sin perder la esencia artesanal que lo define. La prioridad está en “reforzar la estandarización de procesos y la innovación en el obrador para garantizar la misma calidad en cada local”, apunta Antonio. Una vez consolidada esa base, la marca abrirá el abanico a nuevas ciudades, apostando por un modelo de cafetería moderna, con fuerte arraigo en la tradición.
En paralelo, la marca busca reforzar su oferta del mediodía con productos más contundentes y saludables -ensaladas, tostas, bocadillos- siempre sin perder su identidad de cafetería.

Los retos: cuando la masa no sube
No todas las tandas salieron como esperaba. El mayor tropiezo llegó con la apertura en Sevilla. Apenas un mes después, la pandemia apagó el fuego y el negocio se quedó a medio hacer. “Fue un error costoso, aunque un gran aprendizaje”, admite. Tampoco el delivery fue una solución: “El tejeringo no aguanta el transporte, pierde calidad. Preferimos que el cliente venga al local”.
Y aunque muchos errores se quemaron en la sartén, los considera parte de la receta. “Si hubiera podido darme un consejo hace 25 en realidad no cambiaría nada: todos los errores me han llevado a estar donde estoy”, concluye.

«¿Te “jeringo”?»
El tejeringo es el churro más tradicional de Málaga y uno de los más antiguos de Andalucía. Su nombre proviene del utensilio con el que se elaboraba: una jeringa metálica que se apoya en la axila y con la que se “jeringa” la masa directamente en el aceite, formando espirales o lazos. «¿Te “jeringo” un churro?», ofrecían los artesanos de la época a los clientes. A diferencia de otros churros, su masa tiene apenas 15 minutos de vida, lo que le da una textura única: crujiente por fuera y esponjosa por dentro.

Una vida familiar detrás del mostrador
Antonio Arrebola (1977) aprendió el oficio en casa: su madre sigue friendo tejeringos a mano con más de 70 años y su padre, fontanero de profesión, acabó trabajando a su lado tras un accidente laboral. Su figura es hoy el logotipo de Tejeringos Coffee, un homenaje directo a sus raíces familiares. En 2013, mientras inauguraba el local de Méndez Núñez, sufrió una miocarditis que le obligó a parar temporalmente. Aquel episodio reforzó su determinación y consolidó su visión empresarial. Hoy, con más de 200 empleados y una facturación de 18 millones de euros, Antonio Arrebola atribuye a su mujer, Tamara Serralvo, un papel decisivo en la profesionalización y estética del negocio.

